LA TORMENTA SE TRAGÓ LA COLINA en un remolino de vapor negro.
Arión atacó directamente.
Hazel se encontró a ella misma en la cima, pero como en una dimensión distinta. El mundo había perdido su color. Las paredes de la tormenta encerraban a la colina en un negro oscuro. El cielo se tornó gris. Las derrumbadas ruinas estaban tan blancas que hasta brillaban. Incluso Arión había pasado del caramelo a un negro sombrío color de las cenizas.
En el ojo de la tormenta, el aire permanecía quieto. La piel de Hazel se estremeció, como si le hubieran frotado alcohol. Frente a ella, una entrada con forma de arco conducía a través de de las paredes cubiertas de musgo a un tipo de recinto.
Hazel no podía ver mucho por la penumbra, pero sentía una presencia en el interior, como si fuera un pedazo de metal acercándose a un imán gigante. El jalón era irresistible, arrastrándola hacia delante.
Sin embargo, vaciló. Tiró de las riendas de Arión, y él golpeó el suelo impacientemente, resquebrajando la tierra debajo de sus cascos. Donde quiera que se parara, el cristal, la tierra o las rocas se volvían como de hielo. Hazel recordó el Glaciar Hubbard en Alaska, como la superficie se resquebrajaba debajo de sus pies. Ella recordó el suelo en aquella horrible caverna de Roma, derrumbándose, arrastrando a Percy y Annabeth a las profundidades del Tártaro.
Ella esperaba que aquella cumbre en blanco y negro no se disolviera, por eso decidió que era mejor continuar andando.
—Vamos, chico—su voz sonaba ahogada, como si estuviera hablando con una almohada.
Arión trotó a lo largo del arco de piedra. Las ruinas bordeaban un patio cuadrado del tamaño de una cancha de tenis. Habían otros tres arcos, cada uno en el medio de cada pared, en el norte, el sur, el este y el oeste. En el centro del patio, dos caminos de adoquín se entrecruzaban, formando una equis. La niebla flotaba en el aire, brumosos pedazos blancos que se enroscaban y ondulaban como si estuvieran vivos.
—No es niebla —se dio cuenta Hazel—, es la Niebla.
Toda su vida había escuchado oír acerca de la Niebla, el velo sobrenatural que mantenía oculto al mundo mitológico de la vista de los mortales. Podía hacer que los humanos, incluso los semidioses, vieran a un monstruo como animales inofensivos, o dioses como gente común y corriente.
Hazel nunca se la había imaginado como niebla real, pero a medida que la veía ondular alrededor de las piernas de Arión, flotando alrededor de los arcos de piedra del patio en ruinas, los vellos de su brazo se erizaron. Algo sabía: esa cosa era pura magia.
En la distancia, un perro ladró. Arión no tenía miedo de nada, pero se encabritó y relinchó, nervioso.
—Está bien—Hazel le acarició el cuello—. Estamos en esto juntos. Voy a bajar, ¿de acuerdo?
Se bajó de la espalda de Arión. Instantáneamente, giró y corrió.
—Arión, espe...
Pero ya se había ido por donde vino.
Tanto por estar juntos.
Otro ruido cortó el aire, esta vez más cerca.
Hazel dio unos pasos cuidadosamente. La Niebla era como el humo del congelador.
—¿Hola?—llamó.
—Hola—contestó una voz.
Una tenue figura femenina apareció en el arco del norte. No, espera... estaba parada en la entrada del este. No, en la del oeste. Tres humeantes imágenes de la misma mujer se movieron al unísono hacia el centro de las ruinas. Su forma estaba desdibujada, hecha de la Niebla, y estaba acompañada por dos volutas de humo más pequeñas, lanzándose a sus talones como animales. ¿Algún tipo de mascotas?
Ella alcanzó el centro del patio y sus tres formas se unificaron en una. Se solidificó en una joven mujer vestida con un negro vestido sin mangas. Sus cabellos dorados estaban recogidos en una cola de caballo alta, al estilo griego antiguo. Su vestido era tan sedoso que parecía ondear, como si sus ropas fueran tinta derramándose por sus hombros. No aparentaba más de unos veinte, pero Hazel sabía que eso no significaba nada.
—Hazel Levesque—dijo la mujer.
Era hermosa, pero tan pálida que resultaba cadavérica. Una vez, en Nueva Orleans, Hazel había sido obligada a asistir al funeral de una compañera muerta. Recordaba el cuerpo inerte de la joven chica en el ataúd abierto. Su rostro se veía hermosa, como si estuviera descansando, cosa que Hazel encontraba espeluznante.
A Hazel, la mujer le recordaba a esa chica, excepto porque los ojos de la mujer estaban abiertos y eran totalmente negros. Cuando inclinaba la cabeza, parecía separarse en tres personas otra vez... difusas imágenes se movían juntas, como la fotografía de alguien moviéndose demasiado rápido como para ser tomada.
—¿Quién eres?—los dedos de Hazel se retorcieron en la empuñadura de su espada— quiero decir... ¿cuál diosa?
Hazel estaba segura de eso. Esa mujer irradiaba poder. Todo alrededor suyo, la ondeante niebla, la tormenta monocromática, el espeluznante brillo de las ruinas, era producto de su presencia.
—Ah—la mujer asintió con la cabeza—, déjame darte algo de luz.
Ella levantó sus manos. De la nada estaba sosteniendo dos anticuadas antorchas de junco, crepitando con fuego. La niebla se esfumó. A los pies de la mujer, las dos volutas de humo se solidificaron. Uno era un labrador. El otro era un largo, gris y peludo roedor, con una máscara en la cara. ¿Una comadreja, tal vez?
La mujer sonrió, serena.
—Soy Hécate—dijo—. Diosa de la magia. Tenemos mucho por discutir si quieres vivir hasta esta noche.
Muy buena traducción, te felicito, me encanta esta saga y Rick Riordan asi que gracias!!
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