noviembre 11, 2013

Capítulo I: Hazel.

DURANTE EL TERCER ATAQUE, Hazel casi se comió una roca. Ella estaba observando la niebla, preguntándose qué tan difícil podría ser volar a través de unas estúpidas montañas, cuando las campanas de alarma del barco sonaron.
—¡Todos a babor!—gritó Nico desde el mástil frontal de la nave voladora.
De vuelta al volante, Leo giró el timón. El Argo II viró a la izquierda con sus remos aéreos atravesando las nubes como la hojas de cuchillos.
Hazel cometió el error de mirar por la borda. Una oscura esfera se precipitó hacia ella. Ella pensó "¿por qué la luna viene hacia nosotros?", luego chilló y golpeó la cubierta. La enorme roca pasó tan cerca de su cabeza que sopló su cabello.
¡Crack!
El mástil frontal se derrumbó: velas, mástiles y Nico, todos fueron estrellados contra la cubierta. La piedra, del tamaño de una camioneta, apareció de entre la niebla como si tuviera asuntos más importantes en otra parte.
—¡Nico!—Hazel se arrodilló junto a él mientras Leo revisaba la nave.
—Estoy bien—murmuró Nico mientras se sacudía el polvo de las rodillas.
Hazel lo ayudó a ponerse de pie y tropezaron con la borda. Hazel echó un vistazo más cuidadosamente esta vez. Las nubes se abrían en un círculo lo suficientemente grande como para revelar la cima de la montaña debajo de ellos: la afilada punta de una roca negra se asomaba entre las verdes laderas cubiertas de musgo. Parado en la cima se encontraba un dios de la montaña, un numina montanum, como los llamaba Jason. O ourae, en griego. Como quiera que los llamaras, eran desagradables.

Al igual que los otros a los que se habían enfrentado, éste vestía una simple túnica blanca sobre una piel tan áspera y oscura como la enorme roca. Medía unos seis metros y era extremadamente musculoso, con una barba blanca, enmarañado cabello y una mirada salvaje en sus ojos, como un ermitaño loco. Vociferó algo que Hazel no pudo entender, pero que efectivamente no era amistoso. Con sus manos desnudas, tomó otro pedazo de roca de su montaña y comenzó a moldearla a una esfera.
La escena desapareció en la niebla, pero cuando el dios de la montaña volvió a vocear, otro numina contestó a la distancia, con sus voces haciendo eco por los valles.
—¡Estúpidos dioses de la montaña!—gritó Leo desde cubierta— ¡Es la tercera vez que debo reemplazar ese mástil! ¡¿Crees que crecen en los árboles?!
Nico frunció el ceño.
—Los mástiles provienen de los árboles.
—¡Ese no es el punto! —Leo agarró uno de sus controles, creados a partir de mandos de Wii, y lo hizo girar en un círculo.
A unos metros de distancia, una trampilla se abrió en la cubierta. Un cañón de bronce celestial se elevó. Hazel apenas tuvo tiempo de cubrirse los oídos antes de que disparara al cielo, pulverizando una docena de esferas metálicas que dejaban un rastro de fuego verde. Las esferas generaron espinas en el aire, como las hélices de un helicóptero, y se alejaron en dirección a la niebla.
Unos momentos después, una serie de explosiones se oyeron a través de las montañas, seguidos por los furiosos rugidos de los dioses de las montañas.
—¡Ja!—se burló Leo.
Desafortunadamente, Hazel predijo que a juzgar por sus últimos dos encuentros, la nueva arma de Leo solo había escandalizado a los numina.
En la cubierta de estribor, otra roca silbó en el aire.
—¡Salgamos de aquí!—gritó Nico.
Leo masculló cosas poco halagadoras acerca de los numina, pero giró el timón. Los motores zumbaron. Artefactos mágicos arremetieron contra sí mismos, y el barco viró a babor. El Argo II ganó velocidad, dejando el noroeste, como habían estado haciendo en los últimos tres días.
Hazel no se tranquilizó hasta que se alejaron de aquellas montañas. La niebla se despejó. Por debajo de ellos, los matutinos rayos de sol iluminaron los campos italianos, las onduladas y verdes colinas y los prados color oro no eran muy distintos a los del norte de California. Hazel casi podía imaginarse que estaban navegando hacia el Campamento Júpiter.
El pensamiento le pesaba en el pecho. Desde que Nico la había traído de vuelta del Inframundo, el Campamento Júpiter había sido su único hogar solo por nueve meses, pero aún así lo extrañaba más de lo que extrañaba su ciudad nativa Nueva Orleans, y definitivamente lo extrañaba más que Alaska, donde había muerto en 1942.
Echaba de menos su litera en el cuartel de la Quinta Cohorte. Echaba de menos las cenas en el comedor, con los lares agitando platos a través del viento y a los legionarios bromeando sobre los juegos bélicos. Quería caminar por las calles de Nueva Roma de la mano de Frank Zhang. Quería experimentar lo que era ser una chica normal por una vez, con un cariñoso y comprensivo novio.
Más que nada, quería sentirse segura. Estaba cansada de estar asustada y preocupada todo el tiempo.
Se quedó en el puesto de mando mientras Nico se arrancaba astillas de mástil de su brazo y Leo presionaba botones en la consola del barco.
—Bueno, eso no fue para nada bueno —apuntó Leo— ¿Debería despertar a los demás?
Hazel quería decir que sí, pero a los otros miembros de la tripulación les había tocado hacer la guardia nocturna y se habían ganado un poco de descanso. Estaban exhaustos de defender la nave. Cada tantas horas, algún que otro monstruo romano decidía que el Argo II se veía como un apetitoso manjar.
Unas semanas antes, Hazel habría creído imposible dormir durante un ataque de los numina, pero ahora se imaginaba a sus amigos roncando debajo de cubierta. Cada vez que se presentaba alguna oportunidad para dormir, dormía como un paciente en coma.
—Necesitan descansar—terció ella—tendremos que encontrar otra manera nosotros mismos.
—Uh —Leo frunció el ceño al monitor. En su camisa de trabajo hecha jirones y sus jeans manchados de grasa, parecía que acababa de perder una batalla contra una locomotora.
Desde que sus amigos Percy y Annabeth habían caído al Tártaro, Leo había estado trabajando casi sin parar. Había estado actuando más enojado y más impulsivo que de costumbre.
Hazel estaba preocupada por él. Pero una parte de ella se aliviaba por aquél cambio. Cada vez que sonreía o bromeaba, se parecía demasiado a Sammy, su bisabuelo... y el primer novio de Hazel, allá por 1942.
Ugh, ¿por qué su vida tenía que ser tan complicada?
—Otra manera —gruñó Leo— ¿ves alguna?
En la pantalla del monitor brillaba un mapa de Italia. Los Montes Apeninos corrían por el centro del país con forma de bota. Un punto verde para el Argo II titilaba en el oeste de la cordillera, a varios cientos de kilómetros al norte de Roma. Su ruta debería ser sencilla. Tenían ir a un lugar llamado Epiro en Grecia y encontrar un antiguo templo llamado La Casa de Hades (o Plutón, como le decían los romanos; o como a Hazel le gustaba llamarlo: El Padre Más Ausente del Mundo.)
Para llegar a Epiro todo lo que tenían que hacer era ir al este, volando los Montes Apeninos y atravesando el Mar Adriático. Pero no había sido así. Cada vez que intentaban cruzar la espina dorsal de Italia, los dioses de la montaña atacaban.
En los últimos dos días habían rodeado el norte con la esperanza de encontrar un camino seguro, sin suerte. Los numina montanum eran hijos de Gea, la diosa menos favorita de Hazel, lo cual los convertía en unos enemigos muy determinados. El Argo II no podía volar lo suficientemente alto como para evadir sus ataques, e incluso con todas sus defensas, la nave no era capaz de sobrevolar la cordillera sin ser machacada.
—Es nuestra culpa —dijo Hazel— de Nico y mía. Los numina pueden sentirnos.
Hazel desvió la mirada a su medio hermano. Desde que lo habían rescatado de los gigantes había comenzado a recuperar su fuerza, pero continuaba siendo muy delgado. Su remera negra y unos jeans colgaban de su escuálido cuerpo. El largo cabello oscuro enmarcaba sus hundidos ojos. Su tez olivácea se había vuelto de un blanco verdoso, como el color de la savia. En años humanos, apenas tenía catorce años, solo un año más que Hazel, pero eso no contaba toda la historia. Al igual que Hazel, Nico era un semidiós de otra época. Él irradiaba un tipo de antigua energía, una melancolía que venía de saber que no pertenecía al mundo moderno.
Hazel no lo conocía hace mucho tiempo, pero comprendía, hasta compartía, su tristeza. Los hijos de Hades (o Plutón, lo que sea) raramente vivían una vida feliz. Y a juzgar por lo que Nico le había dicho la noche anterior, su mayor desafío estaba aún por venir cuando arribaran a La Casa de Hades... un desafío que había rogado que mantuviera en secreto.
Nico agarró la empuñadura de su espada de hierro del Estigio.
—A los espíritus de la tierra no les agradan los niños del Inframundo. Eso es cierto. Estamos debajo de su piel, literalmente. Pero creo que de todos modos los numina pueden sentir este barco. Estamos cargando con la Atenea Partenos. Esa cosa es como un faro mágico.
Hazel se estremeció, pensando en la gigante estatua que ocupaba la mayor parte de la bodega. Habían sacrificado tanto para recuperarla de la caverna debajo de Roma, pero no tenían la mas mínima idea de qué hacer con ella. La única cosa en la que parecía ser buena era en alertar más monstruos.
Leo recorrió con su dedo el mapa de Italia.
—Así que cruzar las montañas está descartado. La cosa es que en cualquier dirección,
 las montañas están.
—Podríamos ir por mar —sugirió Hazel—; navegar alrededor del extremo sur de Italia.
—Es un largo camino —repuso Nico—. Además, no tenemos...—su voz se quebró— ya saben, nuestro experto en mareas, Percy.
Su nombre flotó en el aire como una inminente tormenta.
Percy Jackson, hijo de Poseidón... probablemente el semidiós que Hazel más admiraba. Le había salvado la vida muchas veces en su misión a Alaska, pero cuando precisaba la ayuda de Hazel en Roma, ella le falló. Se había quedado contemplando, sin ningún poder, como él y Annabeth eran absorbidos en ese abismo.
Hazel suspiró hondo. Percy y Annabeth seguían con vida. Lo sabía en su corazón. Aún podía ayudarlos si eran capaces de llegar a La Casa de Hades... si era capaz de sobrevivir a aquel desafío del que Nico le había advertido.
—¿Y si continuamos por el norte? —preguntó ella—. Tiene que haber una quebrada en las montañas, o algo.
Leo toqueteó la broncínea esfera de Arquímedes que había instalado en la consola. Su más reciente y peligroso juguete. Cada vez que Hazel miraba esa cosa, su boca se le secaba. Le preocupaba que Leo introdujera la combinación errónea en la esfera y accidentalmente expulsara a todos de cubierta, o explotara la nave, o conviertiera al Argo II en una tostadora gigante.
Afortunadamente, nada de eso ocurrió. La esfera generó un lente de cámara y proyectó una imagen 3D de los Montes Apeninos sobre la consola.
—No lo sé —Leo examinó el holograma—. No veo ningún buen camino hacia el norte. Pero prefiero la idea antes que retroceder al sur. He tenido demasiada Roma.
Nadie cuestionó eso. Roma no había sido una buena experiencia.
—Cualquier cosa que hagamos, debemos apurarnos. Cada día que Percy y Annabeth permanecen en el Tártaro...
No fue necesario terminar. Tenían la esperanza que Percy y Annabeth fueran capaces de sobrevivir suficiente tiempo como para hallar Las Puertas de la Muerte. Entonces, asumiendo que el Argo II pueda llegar a La Casa de Hades, tendrían que lograr abrir Las Puertas en el lado mortal, salvar a sus amigos, sellar la entrada y detener a las fuerzas de Gea de ser reencarnadas en el mundo mortal una y otra vez.
Sí... en ese plan, nada podría ir mal.
Nico frunció el ceño a los campos italianos debajo de ellos.
—Tal vez deberíamos despertar a los demás. Esta decisión nos afecta a todos.
—No —contestó Hazel—. Podemos encontrar una solución.
No estaba segura de por qué se sentía tan segura, pero desde que habían dejado Roma, toda la tripulación había empezado a perder el juicio. Estaban aprendiendo a trabajar como un equipo. Luego ¡bam!... sus más importantes miembros cayeron al Tártaro. Percy había sido la columna vertebral. Les había dado confianza y seguridad mientras navegaban por el Atlántico y más tarde, por el Mediterráneo. En cuanto a Annabeth, ella era la líder de facto de la misión. Ella había recuperado la Atenea Partenos sin ayuda de nadie. Era la más inteligente de los siete, la que siempre tenía las respuestas.
Si Hazel despertaba al resto de la tripulación cada vez que se presentaba un problema, solo comenzarían a discutir de vuelta, sintiéndose más y más desesperanzados.
Tenía que hacer que Percy y Annabeth se sintieran orgullosos de ella. Tenía que tomar la iniciativa. No podía creer que su único rol en esa misión sería de la que Nico la había advertido: remover el obstáculo que aguardaba por ellos en La Casa de Hades... Apartó el pensamiento de su mente.
—Necesitamos pensar en grande —dijo—. Alguna otra manera de cruzar las montañas, o una manera de escondernos de los numina.
Nico suspiró.
—Si es por mi cuenta, puedo viajar por las sombras. Pero eso no sirve con un barco entero. Y honestamente, no estoy seguro de siquiera tener fuerza como para transportarme a mí mismo.
—Tal vez podría equiparnos con algún tipo de camuflaje —objetó Leo—. Como una pantalla de humo para escondernos entre las naves.
No sonaba muy entusiasta.
Hazel clavó los ojos en los cultivos, pensando en lo que había debajo de ellos. El reino de su padre, el señor del Inframundo. Solo se había encontrado con Plutón una vez, y ni siquiera sabía quién era. Ciertamente, no esperaba ninguna ayuda de su parte: no cuando estaba viva por primera vez, no cuando estaba como espíritu en el Inframundo, no desde que Nico la había traído al mundo de los vivos.
El sirviente de su padre Tánatos, dios de la muerte, había dicho que Plutón estaba haciéndole un favor a Hazel ignorándola. Después de todo, no le correspondería estar viva. Si Plutón reparara en ella, la devolvería a la tierra de los muertos. Lo cual significaría llamar a Plutón una muy mala idea.
Padre, por favor, se halló a si misma orando. Debo hallar un camino a tu templo en Grecia, la Casa de Hades. Si estás allí abajo, muéstrame qué debo hacer.
En la línea del horizonte, una figura parpadeante le llamó la atención. Algo pequeño y beige corría a campo traviesa con una velocidad increíble, dejando una estela de vapor como un aeroplano.
Hazel no podía creerlo. No se atrevía a darse esperanza, pero tenía que serlo... «Arión.»
—¿Qué? —preguntó Nico.
Leo dejó escapar un aullido de alegría a medida que la figura se aproximaba.
—¡Es su caballo, tío! Te has perdido todo esa parte. ¡No lo habíamos visto desde Kansas!
Hazel rió; la primera vez que reía en días. Era agradable volver a ver a su viejo amigo.
A un kilómetro en el norte, el pequeño punto beige rodeó una colina y se detuvo en la cima. Era difícil de verlo, pero cuando el caballo se encabritó y relinchó, el sonido llegó hasta el Argo II. Hazel no tenía ninguna duda: era Arión.
—Tenemos que reunirnos con él—aseguró Hazel—. Está aquí para ayudarnos.
—Seh, está bien—Leo se rascó la cabeza—. Pero, uh, hablamos de no desembarcar más en tierra, ¿recuerdas? Ya sabes, con Gea intentando destruirnos a nosotros y a todo.
—Solo acércame, y usaré la escalerilla —el corazón de Hazel latía en su pecho—. Creo que Arión quiere decirnos algo.
_______________________________________________________________
Bien, es el primer capítulo que traduzco, espero haberlo hecho bien :3

1 comentario:

  1. Anónimo3/1/14, 1:57

    Muuuy bien! Muy buena traducción! Me gusta! :D

    ResponderEliminar

Comenta qué te ha parecido este capítulo, o qué crees que puedes hacer para mejorar el blog.