LA TORMENTA SE TRAGÓ LA COLINA en un remolino de vapor negro.
Arión atacó directamente.
Hazel se encontró a ella misma en la cima, pero como en una dimensión distinta. El mundo había perdido su color. Las paredes de la tormenta encerraban a la colina en un negro oscuro. El cielo se tornó gris. Las derrumbadas ruinas estaban tan blancas que hasta brillaban. Incluso Arión había pasado del caramelo a un negro sombrío color de las cenizas.
En el ojo de la tormenta, el aire permanecía quieto. La piel de Hazel se estremeció, como si le hubieran frotado alcohol. Frente a ella, una entrada con forma de arco conducía a través de de las paredes cubiertas de musgo a un tipo de recinto.
Hazel no podía ver mucho por la penumbra, pero sentía una presencia en el interior, como si fuera un pedazo de metal acercándose a un imán gigante. El jalón era irresistible, arrastrándola hacia delante.
Sin embargo, vaciló. Tiró de las riendas de Arión, y él golpeó el suelo impacientemente, resquebrajando la tierra debajo de sus cascos. Donde quiera que se parara, el cristal, la tierra o las rocas se volvían como de hielo. Hazel recordó el Glaciar Hubbard en Alaska, como la superficie se resquebrajaba debajo de sus pies. Ella recordó el suelo en aquella horrible caverna de Roma, derrumbándose, arrastrando a Percy y Annabeth a las profundidades del Tártaro.
noviembre 16, 2013
noviembre 15, 2013
Capítulo II: Hazel
HAZEL NUNCA SE HABÍA SENTIDO TAN FELIZ. Bueno, excepto tal vez por la noche del banquete de la victoria en el Campamento Júpiter, cuando había besado a Frank por primera vez... pero éste era un cercano segundo lugar.
Tan pronto como alcanzó la tierra, corrió hacia Arión y lanzó sus brazos a su cuello.
—¡Te extrañé!
Presionó su rostro contra el acogedor costado del caballo, que olía a sal marina y manzanas.
—¿Dónde has estado?
Arión la detuvo. Hazel deseó poder hablar caballo como lo hacía Percy, pero se hizo una idea general. Arión sonaba impaciente, como si estuviera diciendo «¡no hay tiempo para ponernos sentimentales, niña! ¡vamos!».
—¿Quieres que me vaya contigo?—supuso.
Tan pronto como alcanzó la tierra, corrió hacia Arión y lanzó sus brazos a su cuello.
—¡Te extrañé!
Presionó su rostro contra el acogedor costado del caballo, que olía a sal marina y manzanas.
—¿Dónde has estado?
Arión la detuvo. Hazel deseó poder hablar caballo como lo hacía Percy, pero se hizo una idea general. Arión sonaba impaciente, como si estuviera diciendo «¡no hay tiempo para ponernos sentimentales, niña! ¡vamos!».
—¿Quieres que me vaya contigo?—supuso.
noviembre 11, 2013
Capítulo I: Hazel.
DURANTE EL TERCER ATAQUE, Hazel casi se comió una roca. Ella estaba observando la niebla, preguntándose qué tan difícil podría ser volar a través de unas estúpidas montañas, cuando las campanas de alarma del barco sonaron.
—¡Todos a babor!—gritó Nico desde el mástil frontal de la nave voladora.
De vuelta al volante, Leo giró el timón. El Argo II viró a la izquierda con sus remos aéreos atravesando las nubes como la hojas de cuchillos.
Hazel cometió el error de mirar por la borda. Una oscura esfera se precipitó hacia ella. Ella pensó "¿por qué la luna viene hacia nosotros?", luego chilló y golpeó la cubierta. La enorme roca pasó tan cerca de su cabeza que sopló su cabello.
¡Crack!
El mástil frontal se derrumbó: velas, mástiles y Nico, todos fueron estrellados contra la cubierta. La piedra, del tamaño de una camioneta, apareció de entre la niebla como si tuviera asuntos más importantes en otra parte.
—¡Nico!—Hazel se arrodilló junto a él mientras Leo revisaba la nave.
—Estoy bien—murmuró Nico mientras se sacudía el polvo de las rodillas.
Hazel lo ayudó a ponerse de pie y tropezaron con la borda. Hazel echó un vistazo más cuidadosamente esta vez. Las nubes se abrían en un círculo lo suficientemente grande como para revelar la cima de la montaña debajo de ellos: la afilada punta de una roca negra se asomaba entre las verdes laderas cubiertas de musgo. Parado en la cima se encontraba un dios de la montaña, un numina montanum, como los llamaba Jason. O ourae, en griego. Como quiera que los llamaras, eran desagradables.
—¡Todos a babor!—gritó Nico desde el mástil frontal de la nave voladora.
De vuelta al volante, Leo giró el timón. El Argo II viró a la izquierda con sus remos aéreos atravesando las nubes como la hojas de cuchillos.
Hazel cometió el error de mirar por la borda. Una oscura esfera se precipitó hacia ella. Ella pensó "¿por qué la luna viene hacia nosotros?", luego chilló y golpeó la cubierta. La enorme roca pasó tan cerca de su cabeza que sopló su cabello.
¡Crack!
El mástil frontal se derrumbó: velas, mástiles y Nico, todos fueron estrellados contra la cubierta. La piedra, del tamaño de una camioneta, apareció de entre la niebla como si tuviera asuntos más importantes en otra parte.
—¡Nico!—Hazel se arrodilló junto a él mientras Leo revisaba la nave.
—Estoy bien—murmuró Nico mientras se sacudía el polvo de las rodillas.
Hazel lo ayudó a ponerse de pie y tropezaron con la borda. Hazel echó un vistazo más cuidadosamente esta vez. Las nubes se abrían en un círculo lo suficientemente grande como para revelar la cima de la montaña debajo de ellos: la afilada punta de una roca negra se asomaba entre las verdes laderas cubiertas de musgo. Parado en la cima se encontraba un dios de la montaña, un numina montanum, como los llamaba Jason. O ourae, en griego. Como quiera que los llamaras, eran desagradables.
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