HAZEL NUNCA SE HABÍA SENTIDO TAN FELIZ. Bueno, excepto tal vez por la noche del banquete de la victoria en el Campamento Júpiter, cuando había besado a Frank por primera vez... pero éste era un cercano segundo lugar.
Tan pronto como alcanzó la tierra, corrió hacia Arión y lanzó sus brazos a su cuello.
—¡Te extrañé!
Presionó su rostro contra el acogedor costado del caballo, que olía a sal marina y manzanas.
—¿Dónde has estado?
Arión la detuvo. Hazel deseó poder hablar caballo como lo hacía Percy, pero se hizo una idea general. Arión sonaba impaciente, como si estuviera diciendo «¡no hay tiempo para ponernos sentimentales, niña! ¡vamos!».
—¿Quieres que me vaya contigo?—supuso.
Arión ladeó la cabeza, trotando por todo el lugar. Sus oscuros ojos cafés resplandecían con urgencia.
Hazel aún no podía creer que estaba ahí. Podía atravesar cualquier superficie, hasta el agua, pero tenía miedo de no poderlo seguir hasta las tierras antiguas. El Mediterráneo era demasiado peligroso para los semidioses y sus aliados.
Él no habría acudido a Hazel sino fuera por una necesidad extrema. Y se veía tan perturbado... cualquier cosa que fuera capaz de asustar a un intrépido caballo debería aterrorizar a Hazel.
Al contrario, se sentía eufórica. Estaba muy cansada de sentirse mareada. A bordo del Argo II se sentía tan útil como un tanque de lastre. Le alegraba regresar a la tierra firme, incluso si era el territorio de Gea. Estaba lista para montarse.
—¡Hazel! —la llamó Nico desde el barco—. ¿Qué está sucediendo?
—¡Todo en calma!—ella se agachó y convocó una pepita de oro de la tierra. Estaba mejorando con sus poderes. Las piedras preciosas ya casi nunca aparecían por accidente, y extraer oro de la tierra era fácil.
Alimentó a Arión con la pepita... su bocadillo favorito. Luego le sonrió a Leo y Nico, que estaban observándola de la cima de la escalerilla, a treinta metros por encima de ella.
—Arión quiere llevarme a un lugar.
Los chicos intercambiaron miradas nerviosas.
—Uh...—Leo apuntó al norte— por favor, dime que no quiere llevarte a eso.
Hazel había estado tan enfocada en Arión que no había reparado en todo el alboroto. A un kilómetro, en la cresta de la siguiente colina, una tormenta se había formado encima de unas antiguas ruinas, tal vez los restos de un templo romano o una fortaleza. Un embudo de nubes serpenteaba hacia la colina como un dedo cubierto por tinta.
La boca de Hazel sabía como a sangre. Miró a Arión.
—¿Quieres ir allí?
Arión relinchó, como diciendo «¡uh, sí!».
Bueno... ella había pedido ayuda. ¿Era aquélla la respuesta de su padre?
Eso esperaba, pero sentía que algo más allá de Plutón controlaba esa tormenta... algo oscuro, poderoso y no necesariamente amigable.
De todos modos, ésta era su oportunidad para ayudar a sus amigos, de hacer frente en vez de seguir.
Se aferró a la empuñadura de su espada de caballería de Oro Imperial y se subió a la espalda de Arión.
—¡Estaré bien! —les dijo a Nico y Leo—. Permanezcan donde están y espérenme.
—¿Esperar cuánto? —preguntó Nico— ¿Y si no regresas?
—No te preocupes... regresaré—prometió, esperando que así fuera.
Impulsó a Arión y salieron disparados a través del campo y se dirigieron en recto al creciente tornado.
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